Microbicidas, Mujeres, y VIH/SIDA Print E-mail
Resumen: Discurso emitida por Stephen Lewis, enviado especial de la ONU para el sida en Africa, a la conferencia "Microbicidas 2004," Londres, 30 de marzo de 2004. Traducción: Jorge Vargas, Universidad de Aconcagua, Santiago, Chile.

Debo reconocer que hay un toque de irracionalidad amable en cruzar el océano para dar un discurso de sólo media hora.  Quiero asegurarle que no lo hago sólo por compromiso. Pero, en esta ocasión, me parece que no se podía perder su gentil invitación para hablar ante la Conferencia. Estoy aquí porque creo que el trabajo con el que todos ustedes están comprometidos—el descubrimiento y la disponibilidad de los microbicidas—es una de las grandes causas de esta era y de la que me gustaría formar parte. Es en esta sala donde la moral y la ciencia se unirán.

He trabajado como enviado especial por casi tres años, una gran parte de este tiempo  he estado  ocupado en recorrer el continente africano.  Si ha habido alguna constante durante ese tiempo es la hasta ahora  irreversible vulnerabilidad de la mujer.  Está demás decir que el virus ha atacado a las mujeres con una  intensidad y una crueldad darviniana feroz.  Igualmente está demás decir que la desigualdad entre los géneros es la que sostiene y alimenta al virus, con la consecuencia de que finalmente son las mujeres las que se infecten en cantidades altamente desproporcionadas.

Y son las cifras las que relatan los acontecimientos. Fue el informe que emitió la ONUSIDA en la víspera de la Conferencia Internacional sobre el SIDA en Barcelona (2002) que identificó el sorpresivo porcentaje de mujeres infectadas. Y fue durante un panel, en la misma Conferencia, cuando Carol Bellamy de la UNICEF usó una frase, la que yo escuchaba por primera vez, que se convertiría luego en una frase de uso popular: “El SIDA tiene cara de mujer”.

Pero el problema es que el fenómeno de la severa vulnerabilidad de la mujer no sucedió de la noche a la mañana. Creció persistentemente durante los veinte años de la pandemia. Lo que debería alarmarnos a todos, lo que debería impedir nuestro avanzar, es el tiempo que se demoró en informar al mundo acerca de lo que estaba sucediendo. ¿Por qué no se pudo identificar esta tendencia con más antelación? ¿Por qué, cuando las cifras se publicaron en una estadística desprovista de sentimientos, no sonó la alarma de alerta en el texto narrativo que acompañaba estas cifras?  ¿Por qué se demoraron hasta el 2004, más de veinte años transcurridos desde que se inició la epidemia, para fundar una Coalición Global sobre la Mujer y el SIDA?  ¿Por qué fue sólo en el 2003 que el Grupo de Acción de la ONU fue creado para realizar un trabajo sustancial referente al estado de las mujeres en África del Sur?  ¿Por qué hemos permitido un patrón continuo de matanza sexual entre las mujeres jóvenes tan grave como para perder una generación entera de mujeres y niñas?      

Si gusta, revise estas cifras: el 2003, Botswana condujo otro estudio centinela  para establecer la predominancia del VIH tanto en los hombres como en las mujeres de todas las edades.  En las áreas urbanas, para las mujeres jóvenes y las niñas de entre 15 a 19 años, la tasa de predominancia era de un 15.4%.  Para los hombres y niños de las mismas edades, era de un 1.2%.  Para las mujeres que tenían entre 20 y 24 años, la tasa de predominancia era de un 29.7%, mientras que para los hombres de la misma edad era de un 8.4%; para las mujeres de 25 a 29 años, la tasa de predominancia era de un 54.1% (cifra impactante) y para los hombres de la misma edad era de un 29.7%.

¿Aún no me he referido a la pregunta fundamental?  La razón que hemos observado—y que todavía observamos sin tomar acciones significativas—es que este injustificado ataque contra las mujeres se debe a que son mujeres. Usted lo sabe, yo también. Los mismos países africanos, las grandes fuerzas externas, los influyentes donantes bilaterales, e incluso mi amada Naciones Unidas: ninguno ha gritado desde las retóricas azoteas, nadie estuvo dispuesto a organizar una conferencia internacional para contar lo que estaba sucediendo, aunque en los años 90 teníamos la impresión de que sólo teníamos tiempo para celebrar conferencias internacionales. Esto equivale a la reivindicación  fundamental del análisis feminista. Cuando se trata de los derechos de la mujer, el mundo va en reversa.

Por más de veinte años, las cifras de mujeres infectadas han aumentado exponencialmente, por lo que ahora virtualmente la mitad de las personas infectadas del mundo son mujeres, y en África la tasa bordea el 58%, alcanzando el 67% entre los 15 a 24 años. Esto es simple y llanamente un cataclismo. Estamos despoblando una parte del continente, lo estamos despoblando de mujeres.     

Y cuando finalmente, después de que el reloj del juicio final haya pasado la media noche, estamos empezando a comprometernos y a discutir, nos damos cuenta de que muy poco ha cambiado. Por favor créeme: en la tierra, donde las mujeres viven y mueren, muy poco está cambiando. Todo se demora, son esperas insoportablemente largos, cuando estamos respondiendo a las necesidades y derechos de las mujeres.

Hace unos tres o cuatro años atrás, visité una conocida clínica de salud prenatal en Kigali, Ruanda. Me encontré con tres mujeres que habían decidido empezar  un tratamiento con nevirapina; ellas estaban entusiasmadas y esperanzadas, pero me formularon una pregunta profunda que todavía me ronda: ellas dijeron “haremos todo para salvar a nuestros bebés, pero ¿qué pasa con nosotras?” En ese entonces, a más de cuatro años de que el uso de los antirretrovirales se había generalizado en el occidente, nosotros simplemente veíamos morir a las madres.

Bueno, gracias a la Columbia School of Public Health, fundada por varias Fundaciones y ONUSIDA, y trabajando junto con la Fundación Elizabeth Glazer, UNICEF y diferentes gobiernos, la estrategia de la Prevención de la Transmisión Materno Infantil (PTMI PLUS) ha sido cuidadosamente lanzado en varios países; el “Plus” representa el tratamiento para todas las madres y sus parejas; en realidad, para la toda la familia. Pero es un proceso lento, y aunque Columbia lo implementará de manera rápida, es necesariamente gradual. En teoría, la mayoría de esas mujeres algún día calificarán para los tratamientos antirretrovirales públicos, a través de los Ministerios de Salud, una vez que se hayan finalmente introducido en la mayoría de los países.  Pero no existe una clara garantía de cuando llegará ese día, o de que las mujeres obtendrán el tratamiento al que tienen derecho. Además, es muy probable que los hombres estén a cargo de esta campaña.      

Todo lo que se hace (si es que se hace) por la mujer, sucede muy lentamente, frente a esta emergencia global de la salud.

Y este es el punto que quiere dejar por sentado. Condenamos los patrones de violencia sexual contra la mujer, violencia que transmite el virus, pero todo lo que tienen que hacer es leer las impresionantes monografías publicadas por Human Rights Watch para saber que, a pesar de todas esas charlas serias, continúan los mismos patrones malévolos. Lamentamos el uso de la violación como instrumento de guerra, propagando el virus, un horroroso asalto tras otro, pero en el Congo oriental y Sudán occidental, diariamente están ocurriendo posiblemente los peores episodios de crueldad y mutilación sexual en el mundo, y el mundo está haciendo muy poco en contra de eso. Tenemos a las mujeres víctimas de Ruanda, que ahora sufren de SIDA avanzado, para mostrar el final de la historia. Hablamos hasta el cansancio de enmendar los derechos de propiedad y de introducir leyes sobre derechos de herencia, pero todavía no veo un progreso marcado. Hablamos de darle poder a la mujer, y de remunerar a las mujeres por trabajo no reconocido y no pagado, y la introducción a actividades que generan muchas ganancias...y de hecho ocurre, aunque en pequeña escala, especialmente donde el liderazgo local de mujeres indígenas resulta lo suficientemente fuerte para hacerse cargo; pero, en la mayoría de los casos, todo resulta según la célebre frase de Churchill: “Bla, Bla, Bla”

Durante la mayor parte de mi vida adulta he sentido que la lucha por la igualdad de género es la lucha más dura de todas, y nunca la he sentido más agudamente que en la batalla contra el VIH/SIDA. Las mujeres africanas y más allá: ellas atienden la casa, cultivan las tierras, asumen casi por completo la pesada tarea de la crianza, cuidan a los huérfanos, ellas lo hacen todo con un casi inimaginable temple, y como recompensa de una vida de adversidad y devoción  casi supernatural, agonizan hasta la muerte.

Sin lugar a dudas, y quiero reconocer esto, con el repentino crecimiento de la conciencia internacional de lo que el virus ha provocado, todos nosotros nos esforzaremos más por apoyar a la mujer.  Es muy probable que experimentemos mayores progresos a lo largo de los siguientes cinco años que lo que hemos hecho durante los últimos veinte años. Pero me faltan palabras para enfatizar aún más que la inercia y el sexismo, que ponen en jaque nuestra respuesta, sean increíble y casi permanentemente parte de nuestra esencia, y que en esta desesperada carrera contra el tiempo continuaremos perdiendo una gran cantidad de mujeres. Esto no quiere decir que no deberíamos hacer todo lo humanamente posible por detenerlo; es sólo para dar a conocer la terrible realidad que estamos enfrentando.

La gente me dice, Stephen, ¿qué pasa con los hombres? Tenemos que trabajar con los hombres. Por supuesto que debemos hacerlo. Pero reconozcan que pasarán generaciones antes de que los hombres cambien su comportamiento sexual rapaz, y las mujeres de África no cuentan con generaciones. Ellas están muriendo hoy, ahora, día y noche. Algo dramático tiene que pasar que convierta las conversaciones de generaciones en meros momentos en el camino de la vida.

Y eso, damas y caballeros, es donde entran ustedes. No digo que los microbicidas son una bala mágica. Los microbicidas no son una vacuna. Ni tampoco quiero discutir el punto poderoso que presentó Geeta Rao Gupta al inicio de la Conferencia, en cuanto a que no podemos olvidar ni reducir los cambios estructurales de la cultura tan urgentemente necesarios. Pero cuando tantas intervenciones han fallado, cuando el panorama para la mujer es tan desolador, la esperanza de contar con un microbicida en cinco a diez años es definitivamente seductor.

La idea de que la mujer tendrá una forma de reafirmar el control sobre su propia sexualidad, la idea de que ellas serán capaces de defender su salud corporal, la idea de que tendrán medios de prevención cuyo resultado implica la salvación de sus vidas, la idea de que tengan un microbicida que previene infecciones, pero permite la concepción, la idea de que puedan usar microbicidas sin ceder a lo que los hombres dictan, de hecho, la idea de que los hombres ni siquiera sabrán que se está usando el microbicida: éstas son ideas a las que les ha llegado la hora de existir.

Para mí los microbicidas, aunque no son la salvación, se acercan tanto a la salvación como nada que haya escuchado antes. Yo rezo por que todos los asistentes a esta Conferencia entiendan que las mujeres de África y en muchas otras partes del mundo cuentan con ustedes. Es imposible exagerar lo importante que es descubrir un microbicida. Si estuviéramos progresando en otros frentes, los microbicidas ya no revestirían tanta importancia. Pero no estamos progresando, o estamos progresando a pasos tan dolorosamente lentos que parece como si nos moviéramos de la parálisis a la inmovilidad. Los recursos de la comunidad internacional—y ojalá que sean copiosos—se deberían destinar a los científicos, investigadores, abogados y activistas reunidos aquí para dar la pelea, porque ellos tienen la vida de los demás en sus manos.     

Admito lo siguiente: tengo una tendencia a la hipérbole. Es una discapacidad molecular, salvo una excepción. Esta materia es la excepción. No sé como transmitirles lo que está pasando allá afuera. Yo voy de país en país, de localidad rural en localidad rural, de proyecto en proyecto, y sin importar el lugar donde vaya, están comprometidas las vidas de las mujeres. Y esto no está cambiando. ¿Qué hacer para que los gobiernos, las instituciones financieras internacionales y los donantes de desarrollo bilateral lo entiendan? No está cambiando. Tres años sin piedad, y las mujeres enfrentan hoy lo mismo que enfrentaban años y años atrás.

Viajo y absorbo incidentes y momentos que se graban automáticamente en la mente. Ya he contado algunas de las siguientes anécdotas, pero no logro acostumbrarme a ellas. Conocí a una abuela de 73 años en Alexandra Township en Johannesburgo. Ella había perdido a sus cinco hijos entre los años 2001 y 2003. Ella está cuidando a cuatro huérfanos, todos VIH positivos. Su vida está en ruinas. Ella representa a la legión de abuelas del continente que entierra a sus hijos en un perverso revés del ritmo de vida, y después, heroicamente, cuida a sus nietos. ¿Cómo llegamos a esto?

Viajé junto con Graça Machel a la zona cero de la pandemia en Uganda, para visitar a una niña ama de casa de 14 años, que cuidaba a dos hermanas de 10 y 12 años, y dos hermanos de 8 y 11 años.  Graça y yo nos sentamos en el suelo de la choza;  yo tenía a los dos niños a mi izquierda y Graça tenía a las tres niñas a su derecha.  Ella echó a todos fuera de la cabaña, exceptuando al traductor, y luego se volvió hacia las dos niñas más grandes y con una gentil voz les preguntó:  “¿ya empezaron a menstruar?” Y muy tímidamente, sólo en susurros, las niñas dijeron que sí.  Entonces, Graça empezó una serie de preguntas: ¿saben lo que eso significa?, ¿hablan con su profesor al respecto?, ¿hablan de eso con otros niños en la escuela?, ¿hablan de eso con los otros pobladores?, ¿alguien te ha dado alguna toallas higiénicas? Y mientras yo estaba sentado escuchando, me di cuenta de que estas niñas estaban recibiendo el primer acto de maternidad sobre una experiencia que de seguro debe ser uno de los momentos más importantes en la vida de una niña. Y me dije: esto es lo que está pasando en todo el continente: los padres y las madres ya no están. En especial las madres. La transferencia del conocimiento, el amor y los cuidados de una generación a la siguiente se está extinguiendo. ¿Cómo hemos llegado a esto?

Estoy parado en las afueras de una clínica en Lusaka, Zambia, donde las madres han venido para hacerse la prueba, y para el posible uso de nevirapinas durante el parto. Las madres se me acercaron: “Sr. Lewis, usted tiene drogas en su país para mantener a su gente con vida, ¿porqué nosotros no podemos obtenerlas para mantenernos con vida?”. No puedo decirle cuán a menudo las mujeres me preguntan eso.  Se puede palpar esa sensación de consternación y vulnerabilidad colectiva, su miedo y pánico de que sus hijos se conviertan en huérfanos. No sé como responder a esta pregunta. ¿Cómo les explicas que estamos enfrentándonos con uno de los más crueles y feos abismos entre los mundos en vías de desarrollo y los ya desarrollados en el planeta? ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo es que no logramos que el mundo entienda que si queremos reducir la abrumadora cantidad de huérfanos, con la que ningún país puede arreglárselas, debemos mantener a las madres con vida. El tratamiento es una manera para lograrlo. Los microbicidas son la mejor manera.

Hace sólo diez días atrás viajé, con mi colega Anurita Bains, que también participa en esta Conferencia, a Swazilandia. Un jueves por la tarde, viajamos hacia la región interior para visitar una pequeña comunidad de mujeres que viven con SIDA, y que cuidan a hordas de niños huérfanos. Ellas nos condujeron por un sendero angosto, por lo que parecía una eternidad, entre medio de arbustos, hasta que llegamos a la casa de una mujer que estaba muriendo. He pasado mucho tiempo en chozas de mujeres que están muriendo; no sé por qué este episodio en particular me impactó tanto, pero no he podido sacar esa imagen de mi cabeza. Creo que nunca antes había visto tan enferma a una persona, en su cara se veía la máscara de la muerte; una joven mujer que tenía unos veinte años, siempre tienen unos veinte años, que valientemente levantaba la cabeza para ver a los visitantes. Le tocas la mano: pronuncias palabras de alivio; ella está como ausente. Algunas veces pienso que hago tales gestos más por mí que por la persona que está tan desesperadamente enferma. Alrededor de ella estaban los niños viéndola morir. Eso es lo que hacen los niños de África: ellos no se convierten en huérfanos después de que mueren sus padres, sino que se convierten en huérfanos mientras sus padres están muriendo y, luego, observan a la  muerte y, luego, asisten al funeral.

¿Cómo llegamos a esto?

Yo estoy lleno de ira y casi no puedo contenerla, sé que disminuye mi efectividad, pero no puedo hacer nada al respecto. La locura de lo que está sucediendo, el hecho de que es tan innecesario, el hecho de que podemos vencer a esta pandemia si sólo el mundo se lo propusiera. Todo esto casi me vuelve incoherente frente a esta ira incontenible y devastadora. Debemos encontrar una forma para lograr que esta pesadilla termine. Es obvio que los africanos y el mundo trabajará con cada instrumento que esté bajo nuestro mando colectivo para reducir los mortales estragos en individuos, familias y comunidades. Pero las mujeres, sobre todo las mujeres de África, necesitan mucha ayuda adicional, y esa ayuda reside, de manera significativa, en el descubrimiento de un microbicida.

Aquí no tengo que decirle a nadie, Dios sabe, que no formo parte de los expertos en materias teóricas: la ciencia, los experimentos, las fechas y los recursos. Yo he leído el material, y así como una persona aficionada puede entenderlas, las he entendido. Sólo pido que consideren los microbicidas no sólo cómo una de las más grandes búsquedas de la era, sino que como una emancipación importante para la mujer cuya herencia cultural, social y económica la han puesto tan gravemente en riesgo.  

Nunca en la historia humana habían muerto tantos por una razón tan insignificante. Ustedes tienen una oportunidad para cambiar el curso de la historia. ¿Existe tarea más noble que ésta?
Tag it:
Digg
Delicious
Spurl
NewsVine
Reddit
YahooMyWeb
Furl it!
De.lirio.us
Ma.gnolia
TailRank
Blinkbits
BlinkList
blogmarks
co.mments
connotea
Fark
feedmelinks

International Women's Health Coalition
333 Seventh Avenue, 6th Floor | New York, NY 10001 USA
212.979.8500 | info@iwhc.org