La historia de Marta Print E-mail
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De "The Story of My Body" ("La Historia de mi Cuerpo"), un evento copatrocinado por la revista Glamour y la Coalición Internacional por la Salud de las Mujeres (IWHC), 8 de marzo de 2007. Los relatos fueron narrados por Jane Krakowski, Padma Lakshmi, Julianne Nicholson y Tracee Ellis Ross.

Fumo marihuana para mitigar el dolor. El pelo se me está cayendo por montones. Casi nunca siento hambre, pero siempre estoy sedienta.

Tengo cáncer cervical. Me han dicho que me quedan unos cuatro meses de vida.

Me diagnosticaron en 2005. Estaba sangrando, así que fui al hospital. "Tienes cáncer, Marta", me dijo el doctor. "Y llevas tres semanas de embarazo". ¡Otro hijo! Me era imposible, pues ya tenía tres niñas en casa, en una habitación en la que dormimos, cocinamos y vamos al baño. Después de mi tercera hija, que nació por cesárea, le pedí al médico que me esterilizara. ¿Cómo, entonces, pudo ocurrir esto? ¡Otro hijo! No quería que mis hijas tuvieran que compartir las pocas ropas y juguetes que poseían. Y si yo estaba enferma...

"Si quieres vivir", me dijo el doctor, "debes tener un aborto". Pero todos los demás médicos de inmediato lo amenazaron con demandarlo si él me lo hacía. Y yo iría a la prisión de mujeres porque en Colombia el aborto es ilegal. Les rogué a esos médicos que me sacaran el útero porque yo no quería morir. Sin embargo, no estaban dispuestos a hacerlo.

Dos amigas mías habían tenido abortos ilegales y cuando lo hicieron yo temí por sus vidas. Te enteras de las mujeres que llegan a tu casa, meten sus manos sin guantes adentro de tu cuerpo y usan instrumentos sucios. Si logras vivir pero te pescan, vas a la cárcel. Así que yo no podía hacerlo.

Regresé a casa, a mis hijas, con tres semanas de embarazo y agudamente deprimida. No quería hablar con nadie. No me duchaba ni salía de mi cama. Dejé de comer. Envié a mis hijas a quedarse con mi tía. El padre de ellas me dejó. Bastardo. Yo quería morir. Los médicos me mandaron de vuelta al hospital y me quedé ahí hasta que di a luz. Mi hija Daniela nació prematuramente, a los siete meses de embarazo. Me encantaba el nombre Daniela. Lo había escuchado en una telenovela. Es un bello nombre.

Volví a casa por varios días, pero luego tuve que ser hospitalizada de nuevo para iniciar la radiación y quimioterapia. No vi a mi bebita en los siguientes cinco meses. Todas las niñas se estaban quedando con varias tías mías.

Mi vida cambió cuando conocí a la joven abogada Mónica Roa. Entré en contacto con ella a través de un grupo llamado De Pie de Mujer. Se horrorizó al enterarse de que esos médicos no me habían permitido abortar. Me habló de su trabajo en defensa de los derechos de las mujeres y ofreció presentar una demanda contra la prohibición del aborto. Hubo gente que la amenazó de muerte. Pero Mónica Roa se aseguró de que el mundo escuchara mi historia.

Un obispo católico apareció en la televisión diciendo que yo debería estar avergonzada de mí misma por siquiera haber pensado en tener un aborto. De todas partes del país recibí llamadas telefónicas de gente que decía que yo era una pecadora. El obispo nos excomulgó a Mónica y a mí. Yo tenía miedo de que los fanáticos iban a lapidar a mis hijas o a mí. Durante 20 días no envié a mis niñas a la escuela. Cuando las mujeres ricas se hacen abortos, pueden viajar fuera del país en avión. Nadie las critica. Pero cuando las mujeres pobres necesitamos un aborto, nos llaman asesinas.

Sentí rabia hacia mi sociedad, mi gobierno, la iglesia y los médicos que se negaron a cuidarme. Fui con Mónica al tribunal. Llevé una camiseta negra con la leyenda "Mujeres por la Libre Opción a la Maternidad". Conté toda mi historia. Le urgí al gobierno que ayudara a los millones de mujeres que se beneficiarían con la legalización del aborto, incluyendo a mis hijas. El día después de que testifiqué, los jueces anunciaron que legalizarían el aborto en aquellos casos en que la vida de la madre esté en peligro.

He empezado a decirle a mi hija mayor, Jenny Alejandra, que vaya a la universidad y se eduque. Ella tiene 17 años. La inscribí en clases para que se convierta en maestra. No quiero que limpie pisos como yo lo hice. A veces llora y me dice que no quiere que muera. Le pido que sea valiente, que tenga éxito por sus hermanas y nunca renuncie a ellas. Mi mayor esperanza es que alguien adopte a las cuatro, juntas. No tengo palabras adecuadas para decirles a mis tres hijas menores que pronto moriré.

Ya se me cayeron las uñas de una mano y perdí tres dientes. Fue realmente muy duro no tener mi dientes. He sido pobre toda mi vida pero siempre me cuidé los dientes. Ahora trato de no reírme o sonreír porque si mis empleadores ven que no tengo dientes, sentirían repulsión y no me darían trabajo.

Todo me duele.

Quiero que mis hijas digan que su madre aportó al menos un granito de arena para lograr que el aborto sea legal en todas sus formas. Una mujer me dijo que soy revolucionaria. Y creo que ella tiene razón. Me siento feliz de que otras mujeres van a beneficiarse del cambio en las leyes. Pero ese cambio no me beneficiará a mí.

Deseo que mis hijas me recuerden, pero especialmente mi bebita, Daniela. Tengo miedo de que, cuando yo ya no esté, alguien le dirá que quise abortarla. Quiero que sepa que yo no traté de matarla. Es sólo por mis hijas que yo quería vivir.

La IWHC ha trabajado lado a lado con organizaciones de mujeres latinoamericanas a fin de promover el acceso al aborto seguro durante más de dos décadas.

Fue con mucha tristeza que la IWHC se enteró de la muerte de Marta Solay en junio de 2007. Sin duda alguna, ella fue una valiente mujer cuyo impacto será sentido durante muchas décadas por las mujeres de Colombia, de América Latina y del mundo. Para obtener más información acerca de Marta y de cómo puedes apoyar su legado, por favor escribe a info@womenslinkworldwide.org.
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